Las ventajas de ser un marginado

25 de agosto de 1991

Querido amigo:

Te escribo porque ella dijo que escuchas y comprendes y que no intentaste acostarte con aquella persona en esa fiesta aunque hubieras podido hacerlo. Por favor, no intentes descubrir quién es ella porque entonces podrías descubrir quién soy yo, y la verdad es que no quiero que lo hagas. Me referiré a la gente cambiándole el nombre o por nombres comunes porque no quiero que me encuentres. Por la misma razón no he adjuntado una dirección para que me respondas. No pretendo nada malo con esto. En serio.

Solo necesito saber que alguien ahí afuera escucha y comprende y no intenta acostarse con la gente aun pudiendo hacerlo. Necesito saber que existe alguien así. Creo que tú lo comprenderías mejor que nadie porque creo que eres más consciente que los demás y aprecias lo que la vida significa. Al menos, eso espero, porque hay gente que acude a ti en busca de ánimos y amistad. Por lo menos, eso he oído.

Bueno, esta es mi vida. Y quiero que sepas que estoy al mismo tiempo contento y triste y que todavía intento descubrir cómo eso es posible. Intento pensar que mi familia es una de las causas de que yo esté así, sobre todo después de que mi amigo Michael dejara de ir al colegio un día la primavera pasada y oyéramos la voz del señor Vaughn por el altavoz:

—Chicos y chicas, lamento informaros de que uno de nuestros estudiantes ha fallecido. Haremos una ceremonia por Michael Dobson en la asamblea escolar de este viernes.

No sé cómo se extienden las noticias por el colegio ni por qué a menudo no se equivocan. Quizá fuera en el comedor. Es difícil de recordar. Pero Dave, el de las gafas raras, nos dijo que Michael se había suicidado. Su madre estaba jugando al bridge con una de las vecinas de Michael y oyeron el disparo. No me acuerdo demasiado de lo que pasó después de aquello, salvo que mi hermano mayor vino al colegio, al despacho del señor Vaughn, y me dijo que parara de llorar. Luego, me rodeó los hombros con el brazo y me dijo que terminara de desahogarme antes de que papá volviera a casa. Después fuimos a comer patatas fritas a McDonalds y me enseñó a jugar al pinball. Incluso bromeó con que gracias a mí se había librado de las clases de la tarde y me preguntó si quería ayudarlo a arreglar su Chevrolet Camaro. Supongo que yo debía de estar hecho un desastre, porque hasta entonces nunca me había dejado arreglar su
Camaro.

En las sesiones de orientación, nos pidieron a los que apreciábamos de verdad a Michael que dijéramos algunas palabras. Creo que temían que algunos intentáramos matarnos o algo así, porque los orientadores parecían muy tensos y uno de ellos no paraba de tocarse la barba. Bridget, que está loca, dijo que a veces pensaba en el suicidio cuando ponían anuncios en la tele. Lo decía sinceramente, y esto desconcertó a los orientadores. Carl, que es muy amable con todo el mundo, dijo que estaba muy triste, pero que nunca podría suicidarse porque es pecado.

Uno de los orientadores fue pasando por todo el grupo hasta que al final llegó a mí:

—¿Tú qué piensas, Charlie?

Lo extraño de esto era que yo no había visto nunca a este hombre porque era un «especialista», y él sabía mi nombre aunque yo no llevara ninguna tarjeta identificativa, como se hace en las jornadas de puertas abiertas.

—Pues… a mí Michael me parecía un chico muy símpático, y no entiendo por qué lo hizo. Por muy triste que me sienta, creo que no  saberlo es lo que de verdad me preocupa.

Acabo de releer esto y no parece mi forma de hablar. Y mucho menos en ese despacho, porque todavía seguía llorando. Todavía no había parado de llorar. El orientador dijo que sospechaba que Michael tenía «problemas en casa» y que creyó que no tenía a nadie con quien
hablar. Tal vez por eso se sintió tan solo y se suicidó.

Entonces empecé a gritarle al orientador que Michael podía haber hablado conmigo. Y me puse a llorar con más fuerza todavía. Intentó calmarme diciendo que se refería a algún adulto, como un profesor o un orientador. Pero no funcionó, y al final mi hermano vino a
recogerme al colegio con su Camaro.


Este inicio es de Las ventajas de ser un marginado, el impactante libro de Stephen Chbosky donde Charlie nos cuenta su vida a través de una serie de cartas enviadas a una persona que desconocemos quien es.

Reconozco que leí el libro a raíz de haber visto la película, dirigida por el propio autor del libro y película que se ha convertido en obra de referencia, en buena parte por la extraordinaria interpretación del trío protagonista: Emma Watson en su primer papel importante tras su conocidísimo papel como Hermione Granger en la saga de Harry Potter, Logan Lerman que ya era conocido también por sus papeles en las películas de Percy Jackson, y sobre todo, de un Ezra Miller que os sonará como Flash en las películas del universo DC, o quizás ese chico retraído y emocionalmente castrado en las películas de Animales Fantásticos.

Empecé viendo la película, como digo, animado por las buenísimas críticas. La vi sin haberme informado y sin expectativas, pensando en la habitual película de iniciación adolescente inadaptado. Y siendo eso, tiene elementos que trascienden por completo ese género, es una película con poca comedia y con un dibujado de personajes crudo y sincero, donde se introducen con naturalidad todos esos temas que son comunes en las películas adolescentes: drogas, el primer amor, la homosexualidad, las relaciones familiares, el bulling escolar,  … pero con un nivel de profundidad y sinceridad en los personajes muy superior a lo habitual. Aquí nada es trivial ni ligero, y por eso mismo se ha convertido en una película de culto.

Y de la película salté al libro. Siendo como es un libro sobre un adolescente con problemas psiquiátricos (vale, spoiler pequeñito para los que aún no habéis visto la película, pero como veis no para los del libro porque ya lo deja claro en las primeras páginas) supuse que esa misma historia se haría más impactante contada en letras, porque las letras permiten expresar las interioridades de una persona en mayor medida que las imágenes. Y así fue.

El formato del libro es epistolar, Charlie escribe cartas a alguien y le cuenta su vida. Y le cuenta como se siente y como asimila lo que le pasa. Y lo que le pasa es lo que le pasa a todos los adolescentes del mundo, tengan problemas psiquiátricos o no. No es difícil empatizar con él. Como no lo es empatizar con el resto de chicos que pasan a formar parte de su entorno y cuyas vidas vamos viendo pasar por los ojos de Charlie.

Tenía la duda también de si las vivencias de un adolescente de los años 90 se verían reflejadas en un lector joven 20 años mayor, teniendo en cuenta la velocidad de vértigo a la que cambia el mundo, y para eso presté el libro a un chaval y le pedí luego su opinión. Y la respuesta es indudablemente sí: hay demasiadas cosas comunes en la vida de los chavales como para encontrar muchísimos nexos con sus propias vidas.